fe de erratas

17 feb. 2016

Nuestros problemas se inician en Los Pinos.

Verdadero crimen organizado

John M. Ackerman

Esto es un pinche mugrero, todos sabemos cómo se manejan las cosas aquí. Son las palabras de Martín, familiar de un preso en la cárcel de Topo Chico en Nuevo León donde perdieron la vida 49 internos el jueves pasado. A todos [los internos] les piden cuota, les cobran a los familiares mil 200 pesos a la semana para no golpearlos, explica el familiar a La Jornada. El periódico también reporta que desde 2011 la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) ha advertido sobre el control que los mismos internos tienen sobre la seguridad y la vida interna de la cárcel, lo cual ha generado una situación de ingobernabilidad, extorsiones constantes e incluso una red de prostitución dentro del Centro de Reinserción Social.

La masacre de Topo Chico no se debe entonces a una riña entre bandas, como ha señalado el gobernador ex priísta Jaime Rodríguez, sino a la negligencia y la complicidad activa de parte de las autoridades del estado de Nuevo León. Se confirma una vez más que el crimen más organizado es el que se organiza y se solapa desde las mismas instituciones gubernamentales. Si México fuera una democracia, el gobernador responsable tendría que presentar inmediatamente su renuncia después de una tragedia de esta magnitud.

Ahora bien: si las instituciones públicas no son capaces de mantener la orden y la paz en una cárcel, donde supuestamente contarían con un control absoluto sobre la población, ¿qué destino nos depara a los ciudadanos en el resto del país? La respuesta la encontramos en Guerrero, donde ha habido 190 asesinatos y múltiples secuestros masivos durante los primeros 44 días de 2016. También la encontramos en Veracruz, donde la semana pasada Anabel Flores Salazar se convirtió en el decimoquinto periodista asesinado durante el gobierno despótico de Javier Duarte.
En su valiente Carta abierta a gobiernos con motivo del asesinato de Flores Salazar, los periodistas de Veracruz preguntan: ¿Cómo pueden los grupos de la delincuencia organizada cogobernar [a Veracruz y a Puebla], y tirar cuerpos de un lado y del otro? (véase: http://ow.ly/Yj0nA). Una vez más se confirma que el verdadero crimen organizado se encuentra dentro, no fuera, del gobierno y las instituciones públicas.

Nuestros problemas se inician en Los Pinos. La semana pasada el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) confirmó la conclusión a la cual ya habían llegado tanto los científicos de la UNAM como el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos con respecto a la supuesta calcinación de los cuerpos de los 43 normalistas de Ayotzinapa en el basurero de Cocula. Resulta científicamente imposible que los estudiantes hayan sido incinerados en ese lugar. En otras palabras, desde el primer día tanto Enrique Peña Nieto como Jesús Murillo Karam han mentido descaradamente a la población mexicana sobre el caso.

El probable encubrimiento y posible complicidad de estos dos servidores públicos con los delincuentes amerita una investigación independiente. Los resultados de los tres estudios arriba mencionados constituyen más que suficiente motivo para que la PGR inicie una investigación penal contra su extitular y el Congreso de la Unión inicie procedimientos contra el Presidente de la República, de acuerdo con los artículos 110 y 111 de la Constitución. Recordemos que el artículo 108 de nuestra Constitución permite acusar al Presidente por delitos graves del orden común. Si las instituciones públicas no están dispuestas a hacer su trabajo, que la Nación se lo demande.
En este contexto, resulta indignante la actitud complaciente que ha demostrado el papa Francisco con la corrompida y traicionera clase política mexicana. Si bien el sumo pontífice deslizó algunas críticas suaves y demasiado abstractas durante su intervención en Palacio Nacional, el Papa progresista terminó avalando y fortaleciendo al narcoestado mexicano con sus afectuosos saludos y agradecimientos demasiado concretos a Peña Nieto, Angélica Rivera, Miguel Ángel Mancera, Emilio Gamboa, Manuel Velasco y Javier Duarte.
Urge romper el guión. Si el Papa no está dispuesto a salir del protocolo del poder represor, tendremos que hacerlo nosotros. Hasta en un sistema político tan podrido como el de Estados Unidos empiezan a asomarse algunas fisuras importantes, con el sorprendente éxito de la candidatura de Bernie Sanders.

México no puede quedar atrás. El primer paso para dejar de ser víctimas es dejar de amar a nuestros victimarios. Hay que dar la espalda a las instituciones realmente existentes, consolidar nuestra desconfianza en la mafiocracia y reconstruir las redes de solidaridad social y trabajo político en favor de la patria. Solamente el pueblo podrá salvar al pueblo.
www.johnackerman.blogspot.com
Twitter: @JohnMAckerman
http://www.jornada.unam.mx/2016/02/15/opinion/021a2pol 



El pinchi poder
Luis Linares Zapata
E
sta famosa versión del mando político marca, de manera estelar, una tan sui generis como extendida manera de categorizarlo por, al menos, buena parte de los priístas. En ello se implican tanto el uso personalizado, partidista y patrimonial tanto de los recursos públicos como de muchos otros factores acompañantes. Hay, en la trastienda de esta reveladora expresión, el extendido sentimiento y la completa seguridad de que las consecuencias derivadas quedarán en la más rotunda impunidad. Se piensa que no habrá castigo alguno por los excesos posibles. La sola voluntad del poderoso bastará para su debida utilización y salvedad. Contará, eso sí, la eficacia de su empleo. De esta descarnada manera se ha operado por años y, de esta manera se podrá seguir manteniendo el pinchi poder según certificado registro del ex gobernador veracruzano (FHB).
Este inicio de 2016 bien puede significarse por un despliegue de actitudes semejantes a las encerradas en tan funesta versión muy en boga en las alturas. Estas actualizaciones emergen a puñados desde la mera cúspide decisoria federal, pero se filtran hacia abajo tocando, con gusto y deleite, gubernaturas y municipalidades. Al situarse ante el espejo, los mandones se miran con la capacidad de entrever y actuar como si tuvieran la buchaca rebosante de potestades para cualquier misión. Pueden, de un plumazo inconsulto y con personalísimo toque femenino desde la Secretaría de Relaciones Exteriores (CRM), dar de improviso un giro a la política de equilibrios y respetos tradicionales. Recibir, por ejemplo y con el mejor semblante y apoyos, a una esposa desesperada por la merecida prisión de su marido –nueva especie de Mandela rubio– símbolo de la más furibunda versión del derechismo continental. Y, por si no fuera suficiente, hermanar al gobierno mexicano, con el incipiente macrismo argentino: un gobierno como el nuestro
Nadie se alarma ni sorprende de que la esencia derechista del presidente Peña sea dominante de su actitud ante el mundo. Él mismo se definió miembro de esa corriente de pensamiento. Tampoco se objeta que su perfil se parezca al del señor Macri, o sea solidario con los presos políticos de otras naciones bajo asedio. Sus desplantes son conocidos pero, esta vez y en el futuro todavía menos, pasarán inadvertidos. Tampoco aliviarán las muchas consecuencias derivadas. El mexicano es un gobierno con debilidades reales y probadas incapacidades para enfrentar el presente y dibujar a los ciudadanos un futuro creíble. La calidad de vida en este país no es mejor que el peor de los que experimentan los sudamericanos y sí, de los coleros en casi todos los indicadores que apuntalan el Estado de bienestar. No en balde procreó 2 millones de pobres en sólo dos años. En un corto lapso el índice comparativo de desarrollo humano, ese que cuenta para muchos menesteres de importancia vital, se ha experimentado una rápida caída de casi treinta escalones y nada previene su adicional deterioro.
Lo debatible de estos actos de aparente mano firme es que se fincan en definiciones de caprichosa esencia personal, no de Estado. Decisiones que sin duda pintarán a México como parte de un grupo de gobiernos latinoamericanos afiliados a esa corriente de pensamiento dirigido por el Consenso de Washington. Sobre todo en momentos en que otros mandatarios de la región son atacados de manera tan despiadada como mañosa por representantes de las más abiertas tendencias reaccionarias. Ya no sólo se trata de tumbar a Dilma Rousseff, sino de incapacitar, con motivos infundados y por demás baladíes a Lula da Silva para evitar su popular retorno. No sólo la economía venezolana está maltrecha, sino que Maduro es un tirano que, irónicamente, pierde la última elección legislativa. Un soberano inepto que se ha convertido en la viva representación del mal, donde todo, absolutamente todo, está contrahecho, pero que aún n
- See more at: http://www.jornada.unam.mx/2016/02/17/opinion/024a1pol#sthash.ATed8NCN.dpuf

El pinchi poder
Luis Linares Zapata
E
sta famosa versión del mando político marca, de manera estelar, una tan sui generis como extendida manera de categorizarlo por, al menos, buena parte de los priístas. En ello se implican tanto el uso personalizado, partidista y patrimonial tanto de los recursos públicos como de muchos otros factores acompañantes. Hay, en la trastienda de esta reveladora expresión, el extendido sentimiento y la completa seguridad de que las consecuencias derivadas quedarán en la más rotunda impunidad. Se piensa que no habrá castigo alguno por los excesos posibles. La sola voluntad del poderoso bastará para su debida utilización y salvedad. Contará, eso sí, la eficacia de su empleo. De esta descarnada manera se ha operado por años y, de esta manera se podrá seguir manteniendo el pinchi poder según certificado registro del ex gobernador veracruzano (FHB).
Este inicio de 2016 bien puede significarse por un despliegue de actitudes semejantes a las encerradas en tan funesta versión muy en boga en las alturas. Estas actualizaciones emergen a puñados desde la mera cúspide decisoria federal, pero se filtran hacia abajo tocando, con gusto y deleite, gubernaturas y municipalidades. Al situarse ante el espejo, los mandones se miran con la capacidad de entrever y actuar como si tuvieran la buchaca rebosante de potestades para cualquier misión. Pueden, de un plumazo inconsulto y con personalísimo toque femenino desde la Secretaría de Relaciones Exteriores (CRM), dar de improviso un giro a la política de equilibrios y respetos tradicionales. Recibir, por ejemplo y con el mejor semblante y apoyos, a una esposa desesperada por la merecida prisión de su marido –nueva especie de Mandela rubio– símbolo de la más furibunda versión del derechismo continental. Y, por si no fuera suficiente, hermanar al gobierno mexicano, con el incipiente macrismo argentino: un gobierno como el nuestro
Nadie se alarma ni sorprende de que la esencia derechista del presidente Peña sea dominante de su actitud ante el mundo. Él mismo se definió miembro de esa corriente de pensamiento. Tampoco se objeta que su perfil se parezca al del señor Macri, o sea solidario con los presos políticos de otras naciones bajo asedio. Sus desplantes son conocidos pero, esta vez y en el futuro todavía menos, pasarán inadvertidos. Tampoco aliviarán las muchas consecuencias derivadas. El mexicano es un gobierno con debilidades reales y probadas incapacidades para enfrentar el presente y dibujar a los ciudadanos un futuro creíble. La calidad de vida en este país no es mejor que el peor de los que experimentan los sudamericanos y sí, de los coleros en casi todos los indicadores que apuntalan el Estado de bienestar. No en balde procreó 2 millones de pobres en sólo dos años. En un corto lapso el índice comparativo de desarrollo humano, ese que cuenta para muchos menesteres de importancia vital, se ha experimentado una rápida caída de casi treinta escalones y nada previene su adicional deterioro.
Lo debatible de estos actos de aparente mano firme es que se fincan en definiciones de caprichosa esencia personal, no de Estado. Decisiones que sin duda pintarán a México como parte de un grupo de gobiernos latinoamericanos afiliados a esa corriente de pensamiento dirigido por el Consenso de Washington. Sobre todo en momentos en que otros mandatarios de la región son atacados de manera tan despiadada como mañosa por representantes de las más abiertas tendencias reaccionarias. Ya no sólo se trata de tumbar a Dilma Rousseff, sino de incapacitar, con motivos infundados y por demás baladíes a Lula da Silva para evitar su popular retorno. No sólo la economía venezolana está maltrecha, sino que Maduro es un tirano que, irónicamente, pierde la última elección legislativa. Un soberano inepto que se ha convertido en la viva representación del mal, donde todo, absolutamente todo, está contrahecho, pero que aún n
- See more at: http://www.jornada.unam.mx/2016/02/17/opinion/024a1pol#sthash.ATed8NCN.dpuf
El pinchi poder
Luis Linares Zapata
E
sta famosa versión del mando político marca, de manera estelar, una tan sui generis como extendida manera de categorizarlo por, al menos, buena parte de los priístas. En ello se implican tanto el uso personalizado, partidista y patrimonial tanto de los recursos públicos como de muchos otros factores acompañantes. Hay, en la trastienda de esta reveladora expresión, el extendido sentimiento y la completa seguridad de que las consecuencias derivadas quedarán en la más rotunda impunidad. Se piensa que no habrá castigo alguno por los excesos posibles. La sola voluntad del poderoso bastará para su debida utilización y salvedad. Contará, eso sí, la eficacia de su empleo. De esta descarnada manera se ha operado por años y, de esta manera se podrá seguir manteniendo el pinchi poder según certificado registro del ex gobernador veracruzano (FHB).
Este inicio de 2016 bien puede significarse por un despliegue de actitudes semejantes a las encerradas en tan funesta versión muy en boga en las alturas. Estas actualizaciones emergen a puñados desde la mera cúspide decisoria federal, pero se filtran hacia abajo tocando, con gusto y deleite, gubernaturas y municipalidades. Al situarse ante el espejo, los mandones se miran con la capacidad de entrever y actuar como si tuvieran la buchaca rebosante de potestades para cualquier misión. Pueden, de un plumazo inconsulto y con personalísimo toque femenino desde la Secretaría de Relaciones Exteriores (CRM), dar de improviso un giro a la política de equilibrios y respetos tradicionales. Recibir, por ejemplo y con el mejor semblante y apoyos, a una esposa desesperada por la merecida prisión de su marido –nueva especie de Mandela rubio– símbolo de la más furibunda versión del derechismo continental. Y, por si no fuera suficiente, hermanar al gobierno mexicano, con el incipiente macrismo argentino: un gobierno como el nuestro
Nadie se alarma ni sorprende de que la esencia derechista del presidente Peña sea dominante de su actitud ante el mundo. Él mismo se definió miembro de esa corriente de pensamiento. Tampoco se objeta que su perfil se parezca al del señor Macri, o sea solidario con los presos políticos de otras naciones bajo asedio. Sus desplantes son conocidos pero, esta vez y en el futuro todavía menos, pasarán inadvertidos. Tampoco aliviarán las muchas consecuencias derivadas. El mexicano es un gobierno con debilidades reales y probadas incapacidades para enfrentar el presente y dibujar a los ciudadanos un futuro creíble. La calidad de vida en este país no es mejor que el peor de los que experimentan los sudamericanos y sí, de los coleros en casi todos los indicadores que apuntalan el Estado de bienestar. No en balde procreó 2 millones de pobres en sólo dos años. En un corto lapso el índice comparativo de desarrollo humano, ese que cuenta para muchos menesteres de importancia vital, se ha experimentado una rápida caída de casi treinta escalones y nada previene su adicional deterioro.
Lo debatible de estos actos de aparente mano firme es que se fincan en definiciones de caprichosa esencia personal, no de Estado. Decisiones que sin duda pintarán a México como parte de un grupo de gobiernos latinoamericanos afiliados a esa corriente de pensamiento dirigido por el Consenso de Washington. Sobre todo en momentos en que otros mandatarios de la región son atacados de manera tan despiadada como mañosa por representantes de las más abiertas tendencias reaccionarias. Ya no sólo se trata de tumbar a Dilma Rousseff, sino de incapacitar, con motivos infundados y por demás baladíes a Lula da Silva para evitar su popular retorno. No sólo la economía venezolana está maltrecha, sino que Maduro es un tirano que, irónicamente, pierde la última elección legislativa. Un soberano inepto que se ha convertido en la viva representación del mal, donde todo, absolutamente todo, está contrahecho, pero que aún n
- See more at: http://www.jornada.unam.mx/2016/02/17/opinion/024a1pol#sthash.ATed8NCN.dpuf
El pinchi poder
Luis Linares Zapata
E
sta famosa versión del mando político marca, de manera estelar, una tan sui generis como extendida manera de categorizarlo por, al menos, buena parte de los priístas. En ello se implican tanto el uso personalizado, partidista y patrimonial tanto de los recursos públicos como de muchos otros factores acompañantes. Hay, en la trastienda de esta reveladora expresión, el extendido sentimiento y la completa seguridad de que las consecuencias derivadas quedarán en la más rotunda impunidad. Se piensa que no habrá castigo alguno por los excesos posibles. La sola voluntad del poderoso bastará para su debida utilización y salvedad. Contará, eso sí, la eficacia de su empleo. De esta descarnada manera se ha operado por años y, de esta manera se podrá seguir manteniendo el pinchi poder según certificado registro del ex gobernador veracruzano (FHB).
Este inicio de 2016 bien puede significarse por un despliegue de actitudes semejantes a las encerradas en tan funesta versión muy en boga en las alturas. Estas actualizaciones emergen a puñados desde la mera cúspide decisoria federal, pero se filtran hacia abajo tocando, con gusto y deleite, gubernaturas y municipalidades. Al situarse ante el espejo, los mandones se miran con la capacidad de entrever y actuar como si tuvieran la buchaca rebosante de potestades para cualquier misión. Pueden, de un plumazo inconsulto y con personalísimo toque femenino desde la Secretaría de Relaciones Exteriores (CRM), dar de improviso un giro a la política de equilibrios y respetos tradicionales. Recibir, por ejemplo y con el mejor semblante y apoyos, a una esposa desesperada por la merecida prisión de su marido –nueva especie de Mandela rubio– símbolo de la más furibunda versión del derechismo continental. Y, por si no fuera suficiente, hermanar al gobierno mexicano, con el incipiente macrismo argentino: un gobierno como el nuestro
Nadie se alarma ni sorprende de que la esencia derechista del presidente Peña sea dominante de su actitud ante el mundo. Él mismo se definió miembro de esa corriente de pensamiento. Tampoco se objeta que su perfil se parezca al del señor Macri, o sea solidario con los presos políticos de otras naciones bajo asedio. Sus desplantes son conocidos pero, esta vez y en el futuro todavía menos, pasarán inadvertidos. Tampoco aliviarán las muchas consecuencias derivadas. El mexicano es un gobierno con debilidades reales y probadas incapacidades para enfrentar el presente y dibujar a los ciudadanos un futuro creíble. La calidad de vida en este país no es mejor que el peor de los que experimentan los sudamericanos y sí, de los coleros en casi todos los indicadores que apuntalan el Estado de bienestar. No en balde procreó 2 millones de pobres en sólo dos años. En un corto lapso el índice comparativo de desarrollo humano, ese que cuenta para muchos menesteres de importancia vital, se ha experimentado una rápida caída de casi treinta escalones y nada previene su adicional deterioro.
Lo debatible de estos actos de aparente mano firme es que se fincan en definiciones de caprichosa esencia personal, no de Estado. Decisiones que sin duda pintarán a México como parte de un grupo de gobiernos latinoamericanos afiliados a esa corriente de pensamiento dirigido por el Consenso de Washington. Sobre todo en momentos en que otros mandatarios de la región son atacados de manera tan despiadada como mañosa por representantes de las más abiertas tendencias reaccionarias. Ya no sólo se trata de tumbar a Dilma Rousseff, sino de incapacitar, con motivos infundados y por demás baladíes a Lula da Silva para evitar su popular retorno. No sólo la economía venezolana está maltrecha, sino que Maduro es un tirano que, irónicamente, pierde la última elección legislativa. Un soberano inepto que se ha convertido en la viva representación del mal, donde todo, absolutamente todo, está contrahecho, pero que aún n
- See more at: http://www.jornada.unam.mx/2016/02/17/opinion/024a1pol#sthash.ATed8NCN.dpuf
El pinchi poder
Luis Linares Zapata
E
sta famosa versión del mando político marca, de manera estelar, una tan sui generis como extendida manera de categorizarlo por, al menos, buena parte de los priístas. En ello se implican tanto el uso personalizado, partidista y patrimonial tanto de los recursos públicos como de muchos otros factores acompañantes. Hay, en la trastienda de esta reveladora expresión, el extendido sentimiento y la completa seguridad de que las consecuencias derivadas quedarán en la más rotunda impunidad. Se piensa que no habrá castigo alguno por los excesos posibles. La sola voluntad del poderoso bastará para su debida utilización y salvedad. Contará, eso sí, la eficacia de su empleo. De esta descarnada manera se ha operado por años y, de esta manera se podrá seguir manteniendo el pinchi poder según certificado registro del ex gobernador veracruzano (FHB).
Este inicio de 2016 bien puede significarse por un despliegue de actitudes semejantes a las encerradas en tan funesta versión muy en boga en las alturas. Estas actualizaciones emergen a puñados desde la mera cúspide decisoria federal, pero se filtran hacia abajo tocando, con gusto y deleite, gubernaturas y municipalidades. Al situarse ante el espejo, los mandones se miran con la capacidad de entrever y actuar como si tuvieran la buchaca rebosante de potestades para cualquier misión. Pueden, de un plumazo inconsulto y con personalísimo toque femenino desde la Secretaría de Relaciones Exteriores (CRM), dar de improviso un giro a la política de equilibrios y respetos tradicionales. Recibir, por ejemplo y con el mejor semblante y apoyos, a una esposa desesperada por la merecida prisión de su marido –nueva especie de Mandela rubio– símbolo de la más furibunda versión del derechismo continental. Y, por si no fuera suficiente, hermanar al gobierno mexicano, con el incipiente macrismo argentino: un gobierno como el nuestro
Nadie se alarma ni sorprende de que la esencia derechista del presidente Peña sea dominante de su actitud ante el mundo. Él mismo se definió miembro de esa corriente de pensamiento. Tampoco se objeta que su perfil se parezca al del señor Macri, o sea solidario con los presos políticos de otras naciones bajo asedio. Sus desplantes son conocidos pero, esta vez y en el futuro todavía menos, pasarán inadvertidos. Tampoco aliviarán las muchas consecuencias derivadas. El mexicano es un gobierno con debilidades reales y probadas incapacidades para enfrentar el presente y dibujar a los ciudadanos un futuro creíble. La calidad de vida en este país no es mejor que el peor de los que experimentan los sudamericanos y sí, de los coleros en casi todos los indicadores que apuntalan el Estado de bienestar. No en balde procreó 2 millones de pobres en sólo dos años. En un corto lapso el índice comparativo de desarrollo humano, ese que cuenta para muchos menesteres de importancia vital, se ha experimentado una rápida caída de casi treinta escalones y nada previene su adicional deterioro.
Lo debatible de estos actos de aparente mano firme es que se fincan en definiciones de caprichosa esencia personal, no de Estado. Decisiones que sin duda pintarán a México como parte de un grupo de gobiernos latinoamericanos afiliados a esa corriente de pensamiento dirigido por el Consenso de Washington. Sobre todo en momentos en que otros mandatarios de la región son atacados de manera tan despiadada como mañosa por representantes de las más abiertas tendencias reaccionarias. Ya no sólo se trata de tumbar a Dilma Rousseff, sino de incapacitar, con motivos infundados y por demás baladíes a Lula da Silva para evitar su popular retorno. No sólo la economía venezolana está maltrecha, sino que Maduro es un tirano que, irónicamente, pierde la última elección legislativa. Un soberano inepto que se ha convertido en la viva representación del mal, donde todo, absolutamente todo, está contrahecho, pero que aún n
- See more at: http://www.jornada.unam.mx/2016/02/17/opinion/024a1pol#sthash.ATed8NCN.dpuf
El pinchi poder
Luis Linares Zapata
E
sta famosa versión del mando político marca, de manera estelar, una tan sui generis como extendida manera de categorizarlo por, al menos, buena parte de los priístas. En ello se implican tanto el uso personalizado, partidista y patrimonial tanto de los recursos públicos como de muchos otros factores acompañantes. Hay, en la trastienda de esta reveladora expresión, el extendido sentimiento y la completa seguridad de que las consecuencias derivadas quedarán en la más rotunda impunidad. Se piensa que no habrá castigo alguno por los excesos posibles. La sola voluntad del poderoso bastará para su debida utilización y salvedad. Contará, eso sí, la eficacia de su empleo. De esta descarnada manera se ha operado por años y, de esta manera se podrá seguir manteniendo el pinchi poder según certificado registro del ex gobernador veracruzano (FHB).
Este inicio de 2016 bien puede significarse por un despliegue de actitudes semejantes a las encerradas en tan funesta versión muy en boga en las alturas. Estas actualizaciones emergen a puñados desde la mera cúspide decisoria federal, pero se filtran hacia abajo tocando, con gusto y deleite, gubernaturas y municipalidades. Al situarse ante el espejo, los mandones se miran con la capacidad de entrever y actuar como si tuvieran la buchaca rebosante de potestades para cualquier misión. Pueden, de un plumazo inconsulto y con personalísimo toque femenino desde la Secretaría de Relaciones Exteriores (CRM), dar de improviso un giro a la política de equilibrios y respetos tradicionales. Recibir, por ejemplo y con el mejor semblante y apoyos, a una esposa desesperada por la merecida prisión de su marido –nueva especie de Mandela rubio– símbolo de la más furibunda versión del derechismo continental. Y, por si no fuera suficiente, hermanar al gobierno mexicano, con el incipiente macrismo argentino: un gobierno como el nuestro
Nadie se alarma ni sorprende de que la esencia derechista del presidente Peña sea dominante de su actitud ante el mundo. Él mismo se definió miembro de esa corriente de pensamiento. Tampoco se objeta que su perfil se parezca al del señor Macri, o sea solidario con los presos políticos de otras naciones bajo asedio. Sus desplantes son conocidos pero, esta vez y en el futuro todavía menos, pasarán inadvertidos. Tampoco aliviarán las muchas consecuencias derivadas. El mexicano es un gobierno con debilidades reales y probadas incapacidades para enfrentar el presente y dibujar a los ciudadanos un futuro creíble. La calidad de vida en este país no es mejor que el peor de los que experimentan los sudamericanos y sí, de los coleros en casi todos los indicadores que apuntalan el Estado de bienestar. No en balde procreó 2 millones de pobres en sólo dos años. En un corto lapso el índice comparativo de desarrollo humano, ese que cuenta para muchos menesteres de importancia vital, se ha experimentado una rápida caída de casi treinta escalones y nada previene su adicional deterioro.
Lo debatible de estos actos de aparente mano firme es que se fincan en definiciones de caprichosa esencia personal, no de Estado. Decisiones que sin duda pintarán a México como parte de un grupo de gobiernos latinoamericanos afiliados a esa corriente de pensamiento dirigido por el Consenso de Washington. Sobre todo en momentos en que otros mandatarios de la región son atacados de manera tan despiadada como mañosa por representantes de las más abiertas tendencias reaccionarias. Ya no sólo se trata de tumbar a Dilma Rousseff, sino de incapacitar, con motivos infundados y por demás baladíes a Lula da Silva para evitar su popular retorno. No sólo la economía venezolana está maltrecha, sino que Maduro es un tirano que, irónicamente, pierde la última elección legislativa. Un soberano inepto que se ha convertido en la viva representación del mal, donde todo, absolutamente todo, está contrahecho, pero que aún n
- See more at: http://www.jornada.unam.mx/2016/02/17/opinion/024a1pol#sthash.ATed8NCN.dpuf
El pinchi poder
Luis Linares Zapata
E
sta famosa versión del mando político marca, de manera estelar, una tan sui generis como extendida manera de categorizarlo por, al menos, buena parte de los priístas. En ello se implican tanto el uso personalizado, partidista y patrimonial tanto de los recursos públicos como de muchos otros factores acompañantes. Hay, en la trastienda de esta reveladora expresión, el extendido sentimiento y la completa seguridad de que las consecuencias derivadas quedarán en la más rotunda impunidad. Se piensa que no habrá castigo alguno por los excesos posibles. La sola voluntad del poderoso bastará para su debida utilización y salvedad. Contará, eso sí, la eficacia de su empleo. De esta descarnada manera se ha operado por años y, de esta manera se podrá seguir manteniendo el pinchi poder según certificado registro del ex gobernador veracruzano (FHB).
Este inicio de 2016 bien puede significarse por un despliegue de actitudes semejantes a las encerradas en tan funesta versión muy en boga en las alturas. Estas actualizaciones emergen a puñados desde la mera cúspide decisoria federal, pero se filtran hacia abajo tocando, con gusto y deleite, gubernaturas y municipalidades. Al situarse ante el espejo, los mandones se miran con la capacidad de entrever y actuar como si tuvieran la buchaca rebosante de potestades para cualquier misión. Pueden, de un plumazo inconsulto y con personalísimo toque femenino desde la Secretaría de Relaciones Exteriores (CRM), dar de improviso un giro a la política de equilibrios y respetos tradicionales. Recibir, por ejemplo y con el mejor semblante y apoyos, a una esposa desesperada por la merecida prisión de su marido –nueva especie de Mandela rubio– símbolo de la más furibunda versión del derechismo continental. Y, por si no fuera suficiente, hermanar al gobierno mexicano, con el incipiente macrismo argentino: un gobierno como el nuestro
Nadie se alarma ni sorprende de que la esencia derechista del presidente Peña sea dominante de su actitud ante el mundo. Él mismo se definió miembro de esa corriente de pensamiento. Tampoco se objeta que su perfil se parezca al del señor Macri, o sea solidario con los presos políticos de otras naciones bajo asedio. Sus desplantes son conocidos pero, esta vez y en el futuro todavía menos, pasarán inadvertidos. Tampoco aliviarán las muchas consecuencias derivadas. El mexicano es un gobierno con debilidades reales y probadas incapacidades para enfrentar el presente y dibujar a los ciudadanos un futuro creíble. La calidad de vida en este país no es mejor que el peor de los que experimentan los sudamericanos y sí, de los coleros en casi todos los indicadores que apuntalan el Estado de bienestar. No en balde procreó 2 millones de pobres en sólo dos años. En un corto lapso el índice comparativo de desarrollo humano, ese que cuenta para muchos menesteres de importancia vital, se ha experimentado una rápida caída de casi treinta escalones y nada previene su adicional deterioro.
Lo debatible de estos actos de aparente mano firme es que se fincan en definiciones de caprichosa esencia personal, no de Estado. Decisiones que sin duda pintarán a México como parte de un grupo de gobiernos latinoamericanos afiliados a esa corriente de pensamiento dirigido por el Consenso de Washington. Sobre todo en momentos en que otros mandatarios de la región son atacados de manera tan despiadada como mañosa por representantes de las más abiertas tendencias reaccionarias. Ya no sólo se trata de tumbar a Dilma Rousseff, sino de incapacitar, con motivos infundados y por demás baladíes a Lula da Silva para evitar su popular retorno. No sólo la economía venezolana está maltrecha, sino que Maduro es un tirano que, irónicamente, pierde la última elección legislativa. Un soberano inepto que se ha convertido en la viva representación del mal, donde todo, absolutamente todo, está contrahecho, pero que aún n
- See more at: http://www.jornada.unam.mx/2016/02/17/opinion/024a1pol#sthash.ATed8NCN.dpuf

No hay comentarios: