fe de erratas

29 nov. 2016

“Los revolucionarios no se jubilan”

La soledad del poder

Una fotografía de Fidel Castro en un mercado de La Habana, Cuba. Foto: AP
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Fidel Castro. Su solo nombre polariza: dictador para unos, líder genial para otros. El poder como máxima divisa. Último prohombre del comunismo, encarnó –para bien y para mal– la historia de Cuba en más de medio siglo. Sus hitos lo definen: un puñado de hombres le bastaron para asaltar el cuartel  Moncada e iniciar unos años después en la Sierra Maestra una revolución triunfante. Desde una isla de escasos 10 millones de habitantes, instauró en las narices del imperio un sistema socialista. En 72 horas derrotó en Playa Girón una invasión militar organizada por la CIA. Llevó al mundo al borde de la hecatombe nuclear durante la Crisis de los Misiles. Enfrentó la hostilidad permanente de 10 administraciones estadunidenses y logró que su régimen se sobrepusiera al colapso de la Unión Soviética y la desaparición del campo socialista de Europa del Este.

El libro Guiness lo tiene registrado: el presidente que ha sobrevivido a más atentados contra su vida (630) y el que ha pronunciado el discurso más largo en la Asamblea General de Naciones Unidas (cuatro horas, 29 minutos).

Un récord, sin embargo, es envenenado: hasta antes de delegarle a su hermano Raúl la jefatura del gobierno de su país en julio de 2006, Fidel era el tercer jefe de Estado con más años en el poder: 47, sólo superado por dos monarcas: Bhumibol Adulyadej, de Tailandia, e Isabel II de Inglaterra.
“Los revolucionarios no se jubilan”, decía.
Más: “En Cuba cualquier ministro o embajador tiene más poder que yo”, afirmó ante periodistas el entonces presidente del Consejo de Estado, presidente del Consejo de Ministros, primer secretario del Partido Comunista y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba.
Hiperbólico, magnificaba sin rubor los logros de una revolución que navega a contracorriente –”Cuba, el país con mayor número de médicos per cápita del mundo” –, aunque a veces sus afirmaciones reflejaran una ironía involuntaria: “el sistema cubano es el más democrático del planeta”.
“Es incapaz de concebir ninguna idea que no sea descomunal”, lo definió su amigo, también ya fallecido, el escritor Gabriel García Márquez. Así, Fidel lo mismo concibió una zafra de 10 millones de toneladas de azúcar, que una revolución continental. Poco importó que ambas terminaran en fracaso. No hubo mella en la leyenda.

Con poder indiscutido dentro su patria, buscó para sí un liderazgo allende sus fronteras: durante décadas sembró guerrillas en América Latina, envió 300 mil soldados a Angola; su ejército fue determinante en la derrota del sudafricano y ello marcó el principio del fin del apartheid; lideró el Movimiento de los No Alineados; encabezó la lucha contra la deuda externa; y –ya en las postrimerías de su existencia– se volcó contra el neoliberalismo y sus consecuencias.
“Defensor de las causas de los pobres y débiles en el mundo”, “valladar del imperialismo en el continente”, decían de él sus seguidores. “Intervencionista”, “abogado de los derechos y las libertades que negó a su propio pueblo”, replicaban sus adversarios.

Guerrillero siempre, aplicó en su política exterior las tácticas y estrategias que utilizó en la Sierra Maestra: creó entornos a su medida, buscó –y encontró– siempre nuevos aliados, convirtió los reveses en victorias y lanzó el golpe certero en el lugar y en el momento adecuado, para realizar después un rápido repliegue (“muerde y huye”, dicen en Cuba).
Aclamado por “las masas”, siempre rodeado por colaboradores, adolecía de alguien que le hablara de tú a tú con el ­desenfado y la naturalidad de un amigo íntimo. Ya no estaban quienes lo hacían: el Che Guevara y Celia Sánchez. Sufrió la soledad que el poder impone.

Montado en sus principios, desdeñó el pragmatismo de otros jefes de Estado. Aferrado a sus ideas, impuso su verdad a golpes de discursos. Vivió como si librara una batalla sin descanso en la que no cabía la derrota. No se fió incluso de los gestos de reconciliación que hizo a su régimen Barack Obama. “No necesitamos que el imperio nos regale nada”, escribió después de que el presidente estadunidense visitó La Habana.
Su muerte a los 90 años deja pendientes sus dos últimos retos: que su máxima obra, la revolución cubana, sobreviva a su ausencia; y que la historia le otorgue la gloria de ser absuelto. 

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